LOS ALERGENOS EN LAS MOQUETAS
En 1907 un pediatra vienés creó el término “alergia” para
referirse a un cambio en la reactividad del organismo en términos de
tiempo, cantidad y calidad.
En el transcurso de los años el concepto de alergia ha cambiado
repetidamente de acuerdo a los progresos realizados en el campo de
las investigaciones inmunológicas.
El organismo humano, bajo ciertas condiciones, produce antígenos
contra sustancias naturales como el polen, esporas de hongos,
escamas de la piel, saliva de animales, y la comida (fase de
sensibilización). Antígenos que pertenecen a un grupo de sustancias
existentes en nuestra sangre que, entre otras cosas, son
responsables de nuestra inmunidad.
Si se produce un contacto renovado entre el organismo y el alérgeno,
por inhalación o ingestión de comida, el alérgeno se combinará con
un anticuerpo específico. La reacción de dicho anticuerpo alérgeno
da lugar a la liberación de varias sustancias, denominadas
mediadoras, que producen inflamaciones alérgicas de las membranas
mucosas de la nariz, los bronquios o los intestinos.
Inicialmente no se puede saber si la inflamación es debida a una
reacción alérgica o a una infección como la gripe. Un resfriado
suele venir precedido de una sensación incómoda en la nariz. Esta
fase suele estar seguida de un resfriado más o menos grave con
síntomas visibles. Cada paciente desarrollará unos síntomas y la
enfermedad seguirá un curso diferente.
Según sea la sensibilidad del individuo y la cantidad de alérgenos
afectados así será la intensidad de la enfermedad alérgica. Si la
sensibilización y la exposición a los alérgenos son bajas los
síntomas y signos de alergia no tienen que perjudicar al individuo.
Quizás estas personas se quejen de estar cansadas o de no sentirse
demasiado bien.
Por supuesto, existen conexiones típicas entre las manifestaciones
de alergias y los alérgenos desencadenantes. Por ejemplo, una
alergia al polen puede identificarse fácilmente si esa persona
muestra los ojos llorosos, estornuda, o tiene problemas
respiratorios de forma repetida al principio de la primavera. En el
mundo anglosajón esta relación de quejas es denominada “fiebre del
heno”(6), debido a que los pacientes se quejaban de forma frecuente
de síntomas asociados con enfermedades febriles, aunque sin mostrar
elevada temperatura, como fatiga, cansancio y falta de
concentración.
Normalmente la inhalación de alérgenos puede producir reacciones en
los ojos, nariz o bronquios, mientras que la ingestión de los mismos
produce enfermedades del tracto gastrointestinal o de la piel. Sin
embargo, algunas personas pueden ingerir o beber alérgenos y
desarrollar molestias respiratorias, mientras que otras pueden
inhalar un alérgeno que de lugar a reacciones en la piel. También
puede ocurrir que un individuo alérgico al pelo de gato siga
desarrollando síntomas alérgicos siempre que otro individuo con una
cantidad mínima de pelos de gato en su ropa entre en la habitación.
Por esto es muy difícil determinar la causa de la reacción alérgica,
sobre todo cuando una persona tiene que estar en una habitación casi
todo el día con otra persona.
Podríamos resumir diciendo que una enfermedad alérgica es una
reacción individual del organismo humano a sustancias biológicas,
normalmente inofensivas, presentes en nuestro entorno. Una cantidad
mínima de polen, epitelia animal, esporas de hongos y moho o ácaros
puede dar lugar a una reacción de este tipo.
Alérgenos de interior
Muchas han sido las publicaciones que han surgido en los últimos
años sobre la posible identificación de los alérgenos de interior
(11). Sin embargo, estos estudios sólo se refieren a portadores de
alérgenos como el polen, esporas de hongos, ácaros o partes de
dichos organismos. Los alérgenos son sustancias moleculares que se
pueden separar del portador y dar lugar a reacciones inflamatorias
de tipo alérgico, por ejemplo en el tracto respiratorio. En la
mayoría de los casos, el portador de alérgenos (polen, esporas,
etc.) no puede ser identificado aunque la atmósfera contenga cierta
cantidad de “alérgenos libres” suficientes para producir reacciones
alérgicas de tipo inflamatorio.
Buen ejemplo de esto es la reacción alérgica que puede tener lugar
en los quirófanos, un entorno limpio y libre de partículas. A fin de
poder establecer una relación entre el contenido de alérgenos del
aire y la reacción alérgica es necesario utilizar métodos que
permitan identificar alérgenos moleculares que sean exclusivamente
transportados por el aire.
La identificación de alérgenos en una muestra del aire del entorno
suele ser un método que no resulta inconveniente para el paciente.
Para esto es necesario muestras de suero de pacientes con alergias
establecidas y una alta concentración de anticuerpos en la sangre.
Los anticuerpos contenidos en estos sueros pueden ser por ejemplo
contra la epitelia felina, algunos hongos del moho, etc. Estos
sueros se pueden utilizar para identificar “alérgenos libres” en
ambientes interiores a través de unas pruebas especiales.
Las sustancias alérgenas no tienen ninguna importancia, siempre y
cuando ninguna de las personas trabajando o viviendo en las
habitaciones en cuestión esté sensibilizada. Como contraste con las
sustancias tóxicas, para las cuales deben darse unas concentraciones
máximas, tales concentraciones no son necesarias con alérgenos
potenciales e incluso con una concentración mínima de tales
sustancias se pueden dar reacciones alérgicas.
Cuando hay cambios en los signos o síntomas de la enfermedad después
de trasladarse de un sitio a otro, cambiarse de trabajo o irse a
vivir a un entorno diferente, estos cambios son siempre atribuidos a
una mejora o empeoramiento de las condiciones climáticas. Desde el
punto de vista del especialista en alergias, esto significa que los
alérgenos o la exposición a los mismos son simplemente ignorados,
aunque de forma inconsciente. La mayoría de los alérgenos
encontrados en entornos interiores no se consideran parte del
plancton del aire, lo que hace casi imposible la sistémica
diferenciación de grupos individuales de alérgenos (7,8).
Hace 60 años ya se intentó descubrir si las cámaras libres de
alérgenos mejorarían la condición de los pacientes alérgicos (4).
Casi al mismo tiempo, se llevaron a cabo los primeros intentos de
identificar alérgenos contenidos en el “polvo común” (2) y estos
esfuerzos han continuado hasta nuestros días (1,10). Aún seguimos
utilizando el inexacto término “alérgeno del polvo” para resumir las
sustancias biológicas no identificadas o no identificables que
pueden ser potencialmente alérgicas (5). La primera publicación
sobre el “polvo de alergia” (1927) mostró que un paciente de asma no
mostraba ningún signo ni síntoma después de trasladarse y por lo
tanto cambiar su “entorno de polvo”.
Debido a las de por si confusas pautas de reacción es difícil
establecer una relación causa – efecto. Los descubrimientos y
pruebas son a menudo insuficientes para identificar una enfermedad
alérgica y el alérgeno responsable de la misma. Las condiciones bajo
las cuales se manifiesta la enfermedad permiten sacar conclusiones
sobre los alérgenos potenciales. Una persona alérgica a pelos de
mascota sabrá que especie le produce la enfermedad.
Los alérgenos en las moquetas
Muy a menudo se discute el papel de la moqueta como campo de
cultivo de portadores de alérgenos, en especial de ácaros. Las
moquetas se han considerado también una fuente particular de
contaminantes perjudiciales.
En las moquetas se pueden encontrar dos grupos distintos de
alérgenos, sea cual sea el material de fabricación de las mismas. El
primer grupo consiste en sustancias utilizadas en la producción del
pavimento textil y, por lo tanto, son componentes de los materiales
individuales. Estos incluyen sustancias químicas como disolventes,
materiales plásticos que unen la fibra de la moqueta, así como
fibras producidas por el hombre y utilizadas para fabricar la
moqueta, y posiblemente, los residuos de impresiones y acabados. En
segundo lugar, sustancias naturales en la estructura del soporte,
como la goma y materiales derivados de ésta. Y por último,
sustancias naturales de la fibra de la moqueta como la pura lana o
fibras vegetales (sisal)
Todas estas sustancias pueden dar lugar al desarrollo de eczemas de
contacto, si hay un contacto íntimo. Sin embargo, este “contacto
íntimo” sólo afectará a personas que tengan que tratar con dichos
materiales de manera continua. Estos eczemas constituyen auténticas
enfermedades ocupacionales que pueden ser fácilmente identificadas
con métodos de prueba apropiados. La enfermedad puede ser
completamente curada, evitando los contactos repetidos con dichas
sustancias. La industria de la moqueta no ha facilitado ningún dato
fidedigno sobre la frecuencia de tales enfermedades alérgicas.
Considerando la sensibilización de la población contra estas
sustancias, menos del 2% de trabajadores de la industria de
fabricación de moquetas demuestran estar afectados. Este grupo de
alérgenos no juega un papel importante en nuestra discusión actual
sobre los alérgenos de interior y, en particular, sobre los
alérgenos en la moqueta.
Más difícil de definir es el segundo grupo de alérgenos encontrado
en las moquetas, ya que como hemos explicado anteriormente,
cualquier sustancia biótica o abiótica encontrada en moquetas puede
producir una reacción alérgica en personas predispuestas.
Si una mascota, como un perro o un gato, por ejemplo, pasa su tiempo
en una cierta zona de la moqueta, los pelos y escamas del animal se
quedarán en la moqueta. Un niño pequeño que juegue en esta parte de
la moqueta que sea alérgico a los pelos del animal tendrá un
contacto muy próximo con el pavimento, y por lo tanto, puede
producirse una reacción alérgica. En caso de existir una marcada
sensibilización, estas reacciones pueden también ocurrir incluso si
la moqueta se ha aspirado de forma cuidadosa. Los alérgenos del pelo
animal son muy fuertes; incluso unas cantidades mínimas son
suficientes para dar lugar a una reacción alérgica. La lista de
alérgenos potenciales es casi ilimitada, incluyendo desde el polvo
de la madera al polvo de la harina, excrementos o plumas de pájaros,
hongos del moho y ácaros del polvo común.
No es muy difícil para el especialista en alergias establecer una
clara relación entre las quejas del paciente y los alérgenos
contenidos en la moqueta, siempre y cuando el paciente desarrolle
una reacción cuando entra en contacto con el alérgeno, y siempre y
cuando no se trate de alérgenos potenciales como hongos del moho y
ácaros del polvo común.
Se pueden producir alergias causadas por esporas de hongos que se
introducen en el material de la moqueta durante su almacenamiento,
incluso antes de haber sido instalada. Bajo las condiciones
microclimáticas que prevalecen en los pisos individuales, los hongos
del moho empezarán a desarrollarse, convirtiéndose en una fuente
potencial de alérgenos. La humedad, la limpieza insuficiente del
material textil, así como la suciedad normal traída desde el jardín
o la calle en los zapatos pueden llevar al desarrollo de hongos del
moho (12).
No hace falta que observemos en dichas habitaciones un olor a
humedad o el típico olor a cerrado, ya que buena parte de los hongos
del moho (hongos xerófilos) son prácticamente inodoros y pueden
desarrollarse en ausencia de una humedad excesiva.
Incluso si la enfermedad es claramente manifiesta, no siempre
podremos identificar el alérgeno responsable de la misma. Primero
porque el número de pruebas disponibles para los hongos del moho es
limitado. Un método útil es realizar una prueba de alérgenos con el
polvo de la casa del paciente, que contiene alérgenos no
identificables. La redecoración del piso sólo ayudará en casos
excepcionales, debido a que los alérgenos de los hongos del moho no
tienen porque presentarse solo en la moqueta, sino también en
manchas de humedad, papel de pared húmedo, macetas, muebles viejos
tapizados, etc. El problema es que nunca podemos estar seguros de si
todos los hongos del moho han sido realmente eliminados.
Incluso teniendo un gran número de estudios epidemiológicos, no
tenemos datos fidedignos sobre el porcentaje de la población
alérgica a los ácaros (las cifras oscilan entre un 1% y un 10%)
El número incontable de publicaciones sobre el tema “Los ácaros en
las moquetas” nos podría hacer creer que estamos al borde de un
desastre ecológico (9). No obstante, podemos decir que también
pueden encontrarse ácaros en la moqueta. Sin embargo, dicha
posibilidad depende de una gran variedad de condiciones
microclimáticas. Como se muestra en dos estudios realizados por la
“Asociación para la Investigación sobre el Hogar Biológico” de Mainz
y el “Instituto Alemán para la Investigación de las Moquetas” de
Aachen, bajo condiciones favorables (60-70% de humedad relativa y
18-26âC), los hongos del moho y los ácaros pueden desarrollarse en
todo tipo de acabados textiles (2).
Los ácaros del polvo común (Dermatophagoides pterosynnius y
Dermatophagoides faringe) no viven en los tejidos textiles, sino en
las escamas de la piel humana que se acumulan en los mismos. Los
hongos del moho digieren la espesa capa de estas escamas para que
puedan ser a su vez comidos por los ácaros (2). Un grado de humedad
relativa demasiado alto o demasiado bajo puede perturbar de igual
manera el ecosistema del polvo del hogar. Si la humedad relativa es
muy baja (< 50%) la población de ácaros se secará; si la humedad
relativa es muy alta (>70%) los hongos del moho se volverán
agresivos y destruirán a los ácaros. El mejor entorno para el
desarrollo de organismos en el hogar se encuentra en los colchones y
en los muebles tapizados (3). Antes de llevar a cabo un tratamiento
acárido en cinco hogares se descubrió una media de 296 ácaros/m2
(Dermatopagoides pt.) en muebles tapizados, 96 ácaros/m2 en
colchones y sólo 5 y 7 ácaros/m2 en moquetas. Después del
tratamiento, menos de 10 ácaros vivos/m2 fueron encontrados en todos
los materiales, aunque en los colchones se elevó nuevamente a 10
ácaros/m2 después de 52 semanas.
No obstante, existen informes sobre casos en los que la moqueta
estaba infestada de ácaros del polvo común. En dos hogares de
Bavaria, las moquetas jugaron el papel más importante respecto a la
infestación de ácaros.
Según una encuesta de los descubrimientos obtenidos en diez hogares
queda demostrado que el porcentaje más alto de excrementos de ácaro
en el polvo (test de Acarex R, nivel 3) se encontró cuatro veces en
muebles tapizados y cuatro veces en las camas. El segundo porcentaje
más alto (test de Acarex R, niveles 2 y 2-3) se encontró cinco veces
en muebles tapizados, seis veces en camas y dos veces en la moqueta.
El porcentaje más bajo (test de Acarex R, niveles 0 y 0-1) se
encontró tres veces en muebles tapizados, en ninguna de las camas y
18 veces en la moqueta.
Después de un tratamiento del tipo Acorasan pueden determinarse los
diferentes grados de infestación. En muebles tapizados se encontró
una media de 896 Dermatophagoides pt., en colchones había 700 ácaros
y en moquetas sólo 128 y 20 ácaros. Después del tratamiento, el
número de ácaros en la moqueta descendió de manera acusada y después
de 12 semanas no se podía encontrar ningún ácaro muerto. Y es que
los ácaros utilizan unas ventosas de succión para agarrarse a las
fibras textiles y mientras están vivos, no pueden ser eliminados por
medio de un aspirador.
Las condiciones climáticas a las que se ven expuestas la moquetas en
edificios públicos difieren de las que prevalecen en un piso.
Consecuentemente, también hay unas pautas de infestación diferentes
a las existentes con organismos del polvo común. En uno de nuestros
estudios demostramos que en tres tipos de moqueta (dos de los cuales
habían demostrado ser excelente campo de cultivo para los ácaros en
pruebas de laboratorio) colocados en el salón y en la habitación de
un hospital, tres meses después de una contaminación artificial por
ácaros (Dermatophagoides faringe), no contenían ningún organismo
vivo. Los ácaros vivos se determinaron por medio del proceso de
mobilidad y fuga de calor (1), y los ácaros muertos por medio del
método de flotación (2). Aunque la humedad relativa de las
habitaciones en cuestión era baja (30/40%), el método de fuga de
calor demostró la formación de condensación de agua en la capa
adhesiva. Por lo tanto, podemos suponer que la humedad se acumuló en
la moqueta creando un ecosistema en el cual los hongos lucharon
hasta tal extremo que los ácaros se extinguieron.
Se investigó en veintiún hogares si los sistemas de calefacción
tenían influencia alguna sobre el número de ácaros en tejidos
textiles (13). Las figuras 9 y 10 demuestran que las habitaciones
con un sistema de calefacción por suelo, comparadas con los pisos
con un sistema de radiadores, muestran un número considerablemente
menor de ácaros en los colchones, en muebles tapizados y en la
moqueta.
Este efecto duró hasta el verano, es decir, hasta el fin del periodo
de calefacción y se debió a dos mecanismos principales; los sistemas
de calefacción por suelo reducen la humedad del ambiente y producen
más calor de forma inmediata por encima del suelo, lo que dificulta
enormemente las condiciones de vida de los ácaros. En segundo lugar,
tiene lugar un proceso de fuga de calor prácticamente permanente, lo
que hace que los ácaros se dirijan a las estructuras superiores de
la moqueta de las cuales pueden ser eliminadas por medio de un
aspirador. Normalmente, los ácaros no pueden ser eliminados con un
aspirador ya que viven en las capas más bajas del material textil y
se agarran a las fibras textiles (4).
En los últimos años varios fabricantes de aspiradores han estudiado
el problema de la formación de polvo durante el aspirado y hoy en
día se ofrecen aspiradores con unos finos filtros a prueba de polvo.
En relación a la eficacia y a las propiedades de retención del
polvo, casi no hay diferencias entre estos mecanismos. Sin embargo,
es importante que las bolsas de los filtros se cambien con una
frecuencia de entre 3 y 10 días, ya que en caso de haber suficiente
humedad, el ventilador del aspirador podría producir aerosoles
alérgenos que podrían escaparse a través del fino filtro contra el
polvo.
En resumen, podríamos decir que aunque no puede negarse que las
moquetas pueden contener sustancias alérgenas, sin embargo, no son
productoras activas de dichas sustancias. En un entorno residencial,
las moquetas evitan el movimiento de materiales potencialmente
alérgenos al mantener unido el polvo fino, mejorando así la calidad
de vida de las personas alérgicas.
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